Por las esquinas del Caribe

Frank Patiño

El Caribe, desde finales del Siglo XV, ha sido escenario de una agresión imperial que extinguió su población nativa, arrojó a sus islas y puertos millones de seres humanos esclavizados y ha respondido de manera brutal a los levantamientos de esclavos y obreros. La aristocracia española e inglesa y las burguesías francesas y yanquis han sido las principales agresoras de ese Caribe que es algo más que playas y palmeras. El Caribe que no se fotografía en las postales guarda en sus entrañas la tragedia del barrio, ese existencialismo de esquina que a veces, sólo a veces (pero cuando lo hace es como una fuera) es bravío, como Haití en 1804, como Cartagena en 1811, como Cuba en el 1959… porque ha sido el Caribe también el que ha dado los mayores golpes a los imperios.

Y estos siglos de colonialismo y resistencia, convirtieron al Caribe en un archipiélago en el que el tambor es el principal instrumento de identidad, en una sociedad signada por la migración y el desarraigo. Tanto en las islas como en el litoral, el Caribe está preñado de colores y lenguas que tienen dos vasos comunicantes: la música y el mar. Y esta música, nuestra música, sigue resistiendo al imperialismo, como se evidenció hace unos días cuando Residente, miembro de Calle 13, lució una camiseta contra las bases yanquis en Colombia.

Los negros esclavizados se comunicaron a través del tambor y los campesinos hicieron sus lamentos a través del son en Cuba, del jíbaro en Puerto Rico, de la murga en Panamá y de mil ritmos más que florecieron en medio de las más adversas condiciones. A mediados del Siglo XX, nuestra gente y su música comenzó a migrar a New York y en esa ciudad el lamento campesino se volvió lamento urbano y le llamaron salsa.

La salsa se convirtió en la música del barrio. Del “sale loco de contento con su cargamento para la ciudad” de Rafael Hernandez se pasó al “Ya no hay quien salga loco de contento” de Tite Curet Alonso. Y es que el barrio en el Caribe no es una simple descripción geográfica, no está encerrado entre calles y carreras, el barrio es una institución cultural que tiene implicaciones.

En las esquinas tutelares de los barrios del Caribe está la resistencia cultural de los esclavizados: “cuál será, cuál será, la esquina del movimiento”. Y entre el vacile, la mamadera de gallo y el aguaje, gente de todas las edades infunde la necesidad de defenderlo, de llevarlo a cuestas.

En La perla de Calle 13,Residente se manifiesta:

“Cuidao con la vieja escuela, que no te coja, que te va a meter con chancleta y palo de escoba, así que no te me pongas majadero, porque yo vengo con apetito de obrero a comerme a cualquiera que venga a robarme lo mío, yo soy el Napoleón del caserío”

Y Rubén Blades responde:

“Esa risa en la perla, la escucho en El Chorrillo desde Tepito hasta el Callao y donde sea que hayan chiquillos. Creo en barrios y comadres que tuvieron iguales razones y al final se murieron sin tener vacaciones, como decía mi abuela así fue la baraja y en la casa del pobre hasta el que es feto trabaja. Por eso el barrio eterno y también universal y el que se mete con mi barrio me cae mal”.

Ayer y hoy, por las esquinas del Caribe, la música del barrio sigue guapeando, enfrentando al ‘blanco sospechoso’.

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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