Las presiones de Alexander López

Javier Ortiz Cassiani

Cada mañana el vendedor de repuestos para ollas a presión y licuadoras saca su carreta de madera y la ubica en una concurrida esquina del centro histórico de Cartagena de Indias. Desempolva y ordena la mercancía con la inercia de quien parece vivir la vida sin esperar demasiado. Cuando termina la rutina reclina una silla en la pared, se sienta, estira las piernas y las cruza a la altura de los tobillos. El vendedor no vocea su mercancía, no tiene un pregón para atraer clientes, ni elogia los productos que ofrece. Cuando un transeúnte pregunta por algún producto ni si quiera abandona su silla. Lo señala con el dedo índice o levanta la cabeza, une los labios superior e inferior y los estira en dirección hacia éste. Luego anuncia el precio. El cliente lo toma y lo paga ante la mirada indiferente del comerciante que renunció hasta a la más tradicional costumbre entre cliente y vendedor: el regateo. Mientras espanta las moscas del medio día, hojea un periódico sensacionalista buscando algún muerto conocido de la barriada o habla desanimado con un colega entusiasta.

Todas las mañana Alexander León López Causado, catedrático de literatura en la Universidad de Cartagena pasa por el lugar de trabajo del vendedor de repuestos buscando la calle que lo lleva al Claustro de San Agustín. Cayendo la noche se devuelve por el mismo sendero. Camina despacio con un manojo de libros que sostiene entre la mano derecha y el pecho. Nunca han hablado pero de tanto verse se saludan levantando las cejas o haciendo una señal con la mano desde la distancia.

A veces, en su días más animados, el vendedor deja escapar un: ‘docto’, sin apartar la vista de los productos que empieza a guardar en cajas de cartón. En ocasiones, mientras ubica la buseta que lo llevará al sur de la ciudad, el profesor Alexander lo asalta la ruralía que lo habita. Entonces piensa en lo bueno que sería la vida si en vez de andar conduciendo un carro de supermercado para depositar bolsas de arroz higiénicamente empacadas, pudiera simplemente estirar la mano y tomar del zarzo del rancho una mano de arroz para pilar.

Siente que la vida no debería írsele en clases de crítica literaria sino en cantarle vallenatos, con el pecho inflado como paloma guarumera, a hembras cerreras. En esos momentos mi amigo Alex cree firmemente que sería un hombre más feliz si sólo fuera un simple vendedor con actitud displicente sentado en una silla en una esquina del centro histórico de Cartagena.

Ciudad de México, 9 de febrero de 2012.

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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