Juancho Polo Valencia: el resplandor de un viejo sol

Samuel Muñoz Muñoz

Juancho Polo sentía, por su concepción metafísica, una inmensa admiración por el movimiento y perfecto comportamiento de los ciclos astrales; pensaba y tenía convicción plena de que “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire”, tampoco sabía y quería investigar dónde se escondía un lucero espiritual en el mundo historial, le preocupaba a cada momento “un duende ladrón que lo perseguía” y se imaginaba a “Cristo caminando con San Juan” buscando remedio para los hijos de Adán.

Sobre el río Jordán / cosa que nunca se ha visto / Cristo bautizó a San Juan / y San Juan bautizaba a Cristo.

De una visión bíblica, pasa en la misma canción a ponderar al navegante genovés, sin ninguna explicación, ya que aseguraba con pasmosa tranquilidad, cuando se le preguntaba por alguna inconsistencia en sus versos: “yo no tengo que darle explicaciones a ningún preguntón”.

Cristóbal Colón tenía / figura de un almirante / y fue el primer navegante / que atravesó la Oceanía.

Se sabe que Charles Baudelaire, el poeta maldito, fue amigo de la bohemia y las prostitutas, y que el poeta chiquinquireño Julio Flórez, se batía a décima limpia con Francisco Echeverría Hernández, poeta de Juan de Acosta, acompañados de una botella de Ron Blanco, remontando en sus largas cacerías las colinas escarpadas de Usiacurí, donde hablaban de la muerte y de lo insondable de la naturaleza, esa misma que siempre se impone al ser humano, que al final del cuento no es otra cosa que una “brizna al viento” ante su inmensidad y poder, como lo diría Barba Jacob, bohemio que murió tuberculoso en México y quien tenía la pasión y la amargura como fundamentos de su poesía.

Juancho Polo, también picado por la lírica, caminaba por estos senderos y gustaba de la poesía tanática, que tiene en nuestra región Caribe como máximo representante al olvidado soledeño, Gabriel Escorcia Gravini, creador de ‘La  Miseria Humana’. Se batió a versos con muchos músicos del Magdalena Grande y pensaba de la vida lo mismo que Escorcia Gravini, cuando enfermo llegaba al cementerio de Soledad acompañado de su guitarra, a dejar plasmado en hermosas décimas, lo insignificante y grotesco de la vanidad humana.

Calavera a quien feliz / Besa la luna de plata / di: ¿Por qué te encuentras tan chata / si era larga tu nariz? / ¿Dónde está la masa gris / de tu cerebro pensante? / ¿Dónde está tu bello semblante / y tu mejilla rosada / que a besos en noche helada / quiso comerse un amante?

El juglar vallenato Juancho Polo había nacido en Candelaria, corregimiento del Cerro de San Antonio, en el departamento del Magdalena, al que propios y extraños llaman Caimán. Fue un bohemio trashumante, bastante desordenado, y en sus correrías quedaron muchas anécdotas que lo dibujan como un hombre contestatario, polémico, terco, grosero, y agregan que era un peleador que no medía las consecuencias de sus riñas callejeras. Poco le interesaba el peso y la talla del contrincante para enfrentarlo por el mínimo motivo. Tal vez la más célebre de sus riñas ocurrió en la Semana Santa de 1959, después de una presentación en los campamentos de la finca Nicoya, en El Retén, corregimiento de Aracataca. Un negro bastante fornido a quien apodaban El Chino de Bolívar -cortador de caña en La Sombra, finca de Juan Vicente Calderón – quiso arrebatarle el acordeón y como resultado se liaron a los puños llevando Juancho Polo la mejor parte. El Chino, al ver que perdía la pelea ante un hombre delgado y tragueado, optó por morderlo en la oreja derecha cercenándole una buena parte, hecho que después lo obligaría a usar su sombrero ladeado para ocultar la huella dactilar de aquel mordisco.

Jamás se apoderó de una canción ajena y mucho menos de una melodía. Por eso se ganó el respeto de Pacho Rada, su maestro, de quien se alejó musicalmente para hacer su propio repertorio con notas diferentes. Su estilo para tocar el acordeón llegó a ser único, su nota melancólica, profunda e irremplazable, sus letras siderales y misteriosas muestran el perfil de un genio, a quien poco le interesaba lo común y rutinario. En la canción ‘Mujer de adorado pelo’ nos deja ver su capacidad para el manejo correcto del idioma y la poesía romántica y renovadora, siempre pensando en los astros y los fenómenos naturales:

Mujer de adorado pelo / con tu sonrisa de aurora / dime si el sol te enamora / para bajarlo del cielo / esa palma que retoza / siempre con los anhelos / me tiene lleno de celos / de odio, tristeza y agravios / siempre te besaran mis labios / mujer de adorado pelo.

Juancho Polo, continuando su línea trazada líricamente con ‘Lucero espiritual’, compuso el paseo ‘Más allá del bien y el mal’, un canto al sol, al que habla con profundo respeto y reconoce su grandeza como lo hizo también el poeta Theodore Fretjman, otro enamorado del astro. La canción fue grabada en 1978 bajo el sello Machuca y el juglar, que falleció el 22 de julio del mismo año, no alcanzó a escucharla en el acetato.

Yo estuve en el infinito / Vengo bajando esa loma / Ustedes van muy tristes / Y apenas la van subiendo / Como granizo se vienen desvaneciendo / Vienen frente a mí, vienen buscando mi sombra / No se pongan a tirarle piedrecitas a los rayitos del sol / Ni le miren la cara porque les quita la vista / no pasen esa pena ni sufran ese dolor / No se metan con el viejo sol / Que se van a morir sin pena / Ni se acerquen mucho porque los quema / Ahí mismito, con el resplandor / No se metan con el viejo sol / Ay, no se metan con ese viejo / que conoce el mundo y la sabana / aunque vayan lejos, muy lejos, requete lejos / Él los mira más allá de donde ustedes vayan / Con el sol resplandeciente / Ya no se puede hacer nada / Es el padre de la muerte / Es el as de la sabana / El sol es un viejo bacano / Que lo quiere todo el mundo / Con un haz de luz en la mano / Él no desprecia a ninguno

El acordeonero Sebastián Polo Hernández, hijo del músico, nos cuenta que su padre siempre le hablaba de la gran admiración que sentía por el poeta payanés precursor de la poesía moderna en Colombia, Guillermo Valencia Castillo, fallecido en 1943, cuando Juancho contaba veinticinco años de edad. Por esta razón tomó el apellido Valencia, dejando en el olvido el de su progenitora María del Rosario Cervantes Berdugo, una señora blanca de facciones finas, nacida también en el corregimiento de Caimán y casada con Juan Polo Meriño, con quien tuvo dos hijos, el legendario Juancho y María.

Juancho Polo falleció a los sesenta años de edad en Fundación, después de un toque con su hijo Sebastián en Aracataca, de donde salió callado y sudoroso a dormir en la hamaca. Allí lo encontró rígido su nieta María de ocho años, que acostumbraba llevarle tinto en las mañanas a la casa a medio construir de propiedad de Sebastián.

Juancho se sentía feliz cada vez que llegaba a Barranquilla y decía entusiasmado que era la ciudad más linda y sabrosa del mundo, principalmente cuando en la Calle 72 o en El Boliche, sus admiradores lo asediaban para escuchar ‘Alicia adorada’ y su lenguaje plagado de epígrafes extraños y muchas veces innecesarios. Víctor Moreno, su guacharaquero de muchos años y quien murió ciego en el barrio San Isidro, a finales del siglo XX, lo definía muy bien: “Era un tipo jodido, que sólo hacía lo que quería”.

A Juancho hay que recordarlo por su originalidad y por su talento musical, capaz de crear melodías maravillosas de las que se nutren las nuevas generaciones. Fue un genio y ya se ha dicho con sobrada razón que la genialidad está a un paso de la locura. Juancho se fue pero sigue muy cerca de nosotros, alegrándonos el alma con sus canciones sentidas. Seguramente al encontrarse con Alicia Cantillo en el más allá, le repitió la frase que miles de veces le dijo en la tierra a muchos amigos y seguidores:  Esta mujer tiene una dentadura que vale plata.

Muchas personas admiradoras de Juancho Polo, se asombran cuando les muestro su firma, estampada en una dedicatoria que le hizo al maestro Marco T. Barros Ariza, el 29 de octubre de 1976. Definitivamente no asocian su vida desordenada con los trazos ordenados y constantes de la firma, que encierran excelente caligrafía y buen manejo de las letras. Es claro que el juglar fue un lector incansable, que gozaba cuando conocía una nueva palabra y su significado, la cual comenzaba a utilizar inmediatamente en conversaciones que él llevaba a un punto donde pudiera colocarla correctamente.

Escribía sus canciones en un cuaderno de 200 páginas, que en alguna mano amiga deben reposar, perdiéndose varias inéditas. Sus lecturas favoritas, la poesía y los temas religiosos, le sirvieron de fundamento para sus canciones más conocidas.

Tomado de  la Revista La Lira (# 34 – Septiembre de 2012)

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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4 respuestas a Juancho Polo Valencia: el resplandor de un viejo sol

  1. jorge lara escorcia dijo:

    Juancho Polo fue un fenómeno en la música, se llegó a decir que fue un filosofo que deambulaba entre la música, el trago, los caminos y aquellos sanos pueblos, que nunca supieron de la maravilla que tenían por delante.

  2. jhonatan jose buelvas orozco dijo:

    juan polo valencia hay que recordarlo como el mejor de todos los tiempos .ahora que se encontró con diomedes dias , le habrán cantado lucero espiritual a san pedro en el cielo , y san pedro contento le dijo a ju ancho polo donde se esconde , el lucero.

  3. jaimr marquez contreras dijo:

    Felicitaciones samuel por tan buen escrito que narra la vivencia de un gran juglar de nuestro magdalena, me complace ademas ser tu amigo

  4. Albeiro Contreras dijo:

    En las sabanas de Bolívar, Sucre y Cordoba, se aprecia la música de Juancho Polo, mil veces mejor que otro personaje, ya fallecido, que se codeaba con politicos y gente de la farandula.

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