La nostalgia viaja en tren y orina en patios de tierra

Javier Ortiz Cassiani

Tal vez mi alma / no sea sino un espacio / vacío, donde crece / lo que he perdido (Giovanni Quessep)

Cuando era niño, para disipar mis miedos y espantar mis fantasmas, mi padre me acompañaba todas las noches, antes de acostarme, a orinar al último rincón del patio de la casa. Para esa época, además de comprender el placer de las meadas colectivas y disfrutar los matices iniciales, intermedios y finales del sonido del chorro de orín estrellándose en la arena, descubrí que mientras orinaba mi padre se sostenía la verga entre los dedos índice y el medio. Lo miré un par de noches con curiosidad, y no pude evitar a la menor oportunidad a solas contárselo a mi madre: “mami, papi se agarra el pene como un cigarrillo”, le dije en tono trascendental como si acabara de descubrir el secreto mejor guardado del arte urinario.

Mi madre, en medio de carcajadas, convirtió mi apunte en diversión familiar y mis hermanos y hermanas jamás olvidarían la graciosa ocurrencia del menor de una numerosa prole de once hermanos.

 Mi padre Carlos Ortiz Sequéa, era un campesino de Hato Viejo, un pueblo de pescadores y agricultores en del departamento de Bolívar, donde las brujas se divertían asustando a los borrachos perniciosos, y la modorra diaria de sus calles resecas y polvorientas sólo era interrumpida por el claxon festivo del ferrocarril Calamar-Cartagena. Junto a una gavilla de muchachos salvajes, con el torso desnudo y las camisas anudadas en la cintura, mi padre esperaba devotamente en las afueras del pueblo el paso de la locomotora para colgarse de sus vagones y disfrutar, improcedentemente, por un instante, de los privilegios del progreso. Ni siquiera la tremenda revolcada que la locomotora número 20, la de mayor fuerza y velocidad de la compañía ferroviaria, le propino a uno de ellos, pudo atenuar el ritmo del ritual acostumbrado. Sobre ese ferrocarril remoto, presente en mis cuentos de infancia, buscaba una información esquiva una tarde del 10 de agosto del 2005, en la biblioteca Bartolomé Calvo de la ciudad de Cartagena, cuando en una impersonal sala de una clínica de Valledupar, el viejo Carlos, víctima de una próstata obstinada, agarraba el último chance de su vida en el tren de la muerte.

Mi madre, Elida Cassiani Sará, también del pueblo de Hato Viejo, hija de un trabajador de la compañía ferroviaria, apenas comenzaba a dejar el juego de las muñecas y las diversiones que le enseñaron una miríada de primos con los que se crió, cuando terminó consintiendo los coqueteos del cazador de chances del ferrocarril. Ella, que podía viajar en primera clase, y que miraba con recelo por la ventanilla a la cuadrilla de los que se colgaban del tren, soportó, con una resignación que se confundía entre el sufrimiento y la felicidad, más de 55 años con uno de sus miembros.

El destino, siempre fortuito para los de su condición, los llevaría a los campos algodoneros del Cesar, para los tiempos en que las opciones de los bolivarenses pobres, negros en su mayoría, era irse para Venezuela a ganarse unos bolos o ser reclutados para trabajar en los cultivos de algodón en el norte del Cesar. En esa época, las llanuras del Cesar parecían el sur de los Estados Unidos, no sólo por el algodón, sino por la cantidad de hombres negros que hacían la recolección. Manos negras y motas blancas contrastaban en la comarca, mientras se construían leyendas de parrandas vallenatas sempiternas, y al calor del whisky los políticos de la región le inventaban la identidad a un nuevo departamento con la ayuda de sus amigos andinos.

Mi padre era hijo de esa diáspora. Se fue en un vehículo que se adentraba en los miserables pueblos de Bolívar buscando jornaleros con el gancho de adelantarles dinero para que lo dejaran a sus familias. Se anotó en la lista de los reclutados porque era una forma fácil de obtener recursos para seguir la parranda con sus cofrades. La resaca lo sorprendió encima de un camión rumbo a Valledupar. Ni siquiera se dio cuenta cuando el negro Zenón, uno de los hombre de confianza de los algodoneros para el enganche de labriegos, le gritó a mi madre en medio de la estela de polvo que dejaba el vehículo: “¡Elida, aquí va Carlos!”. Mi madre que lo conocía bien, y sabía de su extrema sinvergüenzura, más tarde se le fue detrás con una niña de meses a horcajadas y seis hijos más a la zaga.

En los algodonales de la finca de Santander Durán, mi padre y mis hermanos mayores vieron el sol salir y ocultarse arrastrando pesados fardos de algodón, mientras mi madre preparaba alimentos para una profusa clientela de paisanos. Regularmente, al final de la jornada, a la vez que se hacían hombres prematuros, mis hermanos se arrimaban a la casa principal a ver, en la única televisión que existía en la hacienda, la lucha libre mexicana con todo su encantamiento de héroes enmascarados y pasados de kilos. Más adelante, mientras aumentaba la prole y la vejez de mi padre ya empezaba a asomar, la terquedad y la poca resignación de mi madre la llevo a tomarse un lote de tierra para empezar a construir un rancho en uno de los primeros barrios de invasión de Valledupar. Allí plantaron dos árboles de caucho que crecieron con barbas de abuelo sabio y pies bien firmes sobre la tierra, alcahuetas de las travesuras de la muchachada de la cuadra.

El Cesar y Valledupar se convirtieron en la realidad, mientras que Bolívar, Hato Viejo y Cartagena, empezaban a ser la nostalgia. Los hijos mayores buscaron refugio en otras ciudades y escribían cartas y telegramas prometiendo mejor futuro para los menores y promesas de dinero para pagar servicios atrasados. Mi padre a pesar del traslado a Valledupar, continuó su vida de campesino en una pequeña parcela de tierra más adentro de las sabanas de Camperucho, que le regaló un amigo generoso. La vereda la apodaban La Tigra, porque, a decir de algunos campesinos, merodeaba por las noches una tigra cebada por los animales domésticos. Allí aprendí a levantarme con el aroma del tinto de la mañana, predecir las lluvias, pescar en los arroyos, y escuchar historias de un Tío Conejo pequeño y astuto y un Tío Tigre arrogante y burlado. Mi interés por la historia nació de allí, de esas historias habituales, de pasos de trenes, brujas traviesas y héroes populares.

Mi padre tenía un amor popular por Simón Bolívar que llegaba a la idolatría. Solía contar con mucha pasión y exageración sus hazañas. No se de dónde sacó la historia de que cuando Venezuela exigió los restos mortuorios del libertador, los colombianos no se lo entregaron, sino que en su defecto -que además demostraba su exacerbado regionalismo- le habían entregado el esqueleto de un cachaco.

Recuerdo sus expresiones dirigidas al presidente de turno después del almuerzo: “Bueno Barco, ya yo comí, tu debes tener un lío del carajo pensando en este país”; nuestras caminatas al Festival Vallenato; su papel de consejero de enamorados inexpertos; la manía de morderse el extremo del cuello de la camisa; y la forma serena, con una leve sonrisa, como recibía los reclamos y reproches de mi madre. Recuerdo también la vergüenza que le hice pasar con sus nada discretos compañeros de la carnicería del mercado de Valledupar, cuando en la difícil edad de los trece años después de comerme un enorme mango que me había regalado, me dio una pálida impresionante.

Mis amigos más cercanos, cuando la madrugada irrumpía en las parrandas sin pedirle licencia a la noche, se cansaron de escuchar mis comentarios sobre el parecido de mi padre con Ibrahim Ferrer, el cantante cubano de Buena Vista Social Club. Por esas aparentemente inexplicables casualidades de la vida Ibrahim murió en la Habana tres días antes que mi padre. Me quedé con las ganas de vestirlo con la misma pinta que el cantante lleva en la carátula del trabajo discográfico en la que aparece caminando y fumando distraído por una calle de La Habana vieja. Me hubiera encantado, para presumir más de su semejanza, tomarle una foto vestido de esa manera en una calle del centro histórico de Cartagena.

A pesar de la malicia natural para moverse en la vida mi madre fue siempre su memoria. Sólo se sabía el nombre de sus amigos entrañables, el resto eran “los carajos aquellos”, “el tipo ese”, “fulanito”, “sutanito” o “la carajita esa”. Mi madre me comentaba que jamás pudo aprenderse la talla de zapatos de sus primeros hijos y que durante algún tiempo anduvo con trozos de cuerdas en los bolsillos del tamaño del pie de mis hermanos mayores. Hoy, sin embargo, sus recuerdos me abruman en esta ciudad populosa y de lluvias melancólicas donde habito. Sigo practicando su depurada estética urinaria, me sigue gustando orinar sobre tierra. He crecido padre, frecuento otros patios y me habitan otros miedos, pero tú ya no estás para acompañarme.

Bogotá, agosto de 2006.

 

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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2 respuestas a La nostalgia viaja en tren y orina en patios de tierra

  1. delfa magallanes dijo:

    Me parecio interesante porque a pesar que el punto de partida es un dato biográfico hay un juego de lenguaje. Que lo hace fantástico, que el lector sienta la necesidad de seguir con la lectura y cuando se acaba decir: Ay se acabó y quedar con las ganas de que sea más larga la crónica

  2. Tomas dijo:

    Muy interesante,lo importante fuera de toda critica literaria plasma todo un un acontecer de la realidad escrita en una forma sencilla de entender aquella realidad de nuestra historia de nuestros padres o abuelos.

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