Oye, Héctor

lavoe 2Por Javier Ortiz Cassiani

Héctor Lavoe no podía haber nacido en otro lugar de Puerto Rico sino en Ponce, la capital alterna, como la calificó nuestro querido amigo, el sociólogo puertorriqueño Ángel ‘Chuco’ Quintero. En oposición a San Juan, la ciudad murada y espacio de la oficialidad, en Ponce, desde el siglo XIX, se formó un importante grupo de artesanos forjadores de una tradición musical y dancística que con el tiempo sería el referente cultural más importante de la nación.

En mayo de 1963, cuando Héctor tomó ‘la guagua aérea’, que lo llevó a Nueva York donde se empezaba a cocinar el ‘sancocho’ que luego se daría a conocer al mundo como Salsa, ya había sido amamantado por esa tradición ponceña. En Nueva York se convertiría en el brujo que poseía los secretos para el goce, sacerdote de una cofradía pagana, indulgente con su redomada impuntualidad y hasta con sus poca ortodoxa manera de combinar los colores de sus trajes. El chamán de la rumba combinaba, -y de qué manera- versos, y eso era lo verdaderamente importante para los amantes de su sabor.

Hace varios años leí en la revista ‘El Malpensante’ un pequeño texto del escritor y cineasta Andrés Burgos que es una prueba fiel del amor fanático de sus seguidores. Andrés cuenta cómo terminó en fracaso lo que presagiaba ser una exitosa velada romántica con una bella e inteligente dama; editora cultural y experta en literatura española. Todo iba bien: luces bajas, buena comida y un arsenal musical que incluía, por supuesto, a Héctor Lavoe. Cuando el escritor pensó que la voz nasal de Héctor empezaba a crear una atmósfera a su favor, la mujer lo sorprendió con una  alarmada intervención: “¿Oíste eso? El cantante dijo “mas sin embargo”, qué horror”. Allí acabó todo.

Una crítica al cantante de tus amores con el que esperas conquistar el corazón de una mujer, puede generar, incluso, hasta disfunción eréctil. Andrés concluyó su texto diciendo que no quería ni oír mencionar a esa mujer, y el acontecimiento sirvió de pretexto para escribir una nota en donde nos dice que los genios deportivos y los cantantes míticos de la salsa, como Héctor, están por encima de cualquier rigurosidad lingüística; que habían hecho todos los méritos para decir “mas sin embargo” si les daba la reverenda gana.

Los que saben que la salsa no es una coreografía engominada, de sonrisas fingidas, sino ese repentismo que nos regaló Roberto Roena con su solo de baile aquella noche memoriosa de 1974 en Kinshasa (Zaire) con la Fania All Stars, siguen bailando a Héctor. Esa noche tocando la canción Ponte duro, se ‘soltaron los caballos’, y un grupo de brujos en tarima nos revelaron sus secretos.

Cuando Roena salía de su trance, y regresaba erguido, para meterse nuevamente en el trance de sus bongós, Héctor lo esperó abriendo la palma de la mano, como si le dijera, en ese saludo de malevos de barriada, “dame esos cinco, Bob”. Luego volvería al micrófono, y continuaría con sus conjuros de brujo de barrio, de chamán del goce, instigando a Ray Barreto, “El Rey de las manos duras”, para que siguiera repartiendo manotazos diestros y siniestros a las cuatro congas que tenía al frente. “Ataca, demente”; “llegaron los anormales”, decía el más anormal de los anormales que habían llegado con su arrebato musical a una parte del continente africano, en una especie de retorno a los orígenes.

Hace 20 años, empezando la tarde del 29 de junio de 1993, la vida que había estado en los últimos años junto a Héctor dando tumbos, como dos compadres borrachos que caminan abrazados, sin saber quién sostiene a quién, lo abandonó. El oráculo popular cumplió sus designios. Los nigromantes del sabor salvan vidas, reconcilian amores, ablandan corazones, devuelven esperanzas. Pero sólo un secreto no les ha sido revelado, el secreto para salvarse a sí mismos.

Tomado de ‘El Heraldo’, 30 de junio de 2013

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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