Una canción para Samuel…


Papi - 1Frank Patiño

En una casita de bareque del Barrio Rebolo de Barranquilla, nació Samuel Patiño Sarmiento el 18 de noviembre de 1938, en el hogar de Saúl Patiño y Rosalina Sarmiento, quienes provenían del municipio de Sabanalarga. Junto a sus cinco hermanos y la innumerable tribu de parientes, en una ciudad que crecía bajo el influjo de la música antillana, conoció los misterios algebraicos del dominó – juego en el que nadie le pudo disputar sus pergaminos – y  profesó la religión matancera, consagrándose en esa cofradía que reconocía a Daniel Santos como Jefe y al bolero y la guaracha como forma de sentir. A duras penas terminó sus estudios de primaria en una escuela de la Iglesia Bautista que debió abandonar por las largas distancias que junto a sus primos y vecinos debía recorrer dos veces al día, pero fue un hombre de libros. Como aprendiz de zapatería inició su pasión por las letras: Así hablaba Zaratustra, las novelas, ensayos y panfletos de José María Vargas Vila, Selecciones del Reader’s Digest, Doloras y humoradas de Ramón de Campoamor, los poemas de Julio Flores y la revista Rosa Cruz, hicieron parte de la cotidianidad de aquellos artesanos – entre martillos, clavos, hormas y el olor a cuero y goma de zapato – que a destajo hacían babuchas, zapatos, botas y sandalias.

En ese barrio, Samuel conoció el cine y se apasionó – como su generación – por las películas mexicanas. Con los ‘carajos’ de Rebolo compraba guarapo a las afueras del teatro con el fin de masticar el hielo y llevaba un crocante cucayo a esas funciones que a veces se iniciaban con la presentación de los cantantes en vivo. Años después conoció a quien sería por siempre su compañera – Honey Romero Zaldúa – en uno de esos ires y venires de la familia de doña Leonor Zaldúa Cowan ‘Mamaleo’ entre Cartagena y Barranquilla. Se casaron el 10 de octubre de 1970 en la Iglesia de San Roque. Cuatro hijos – que fueron para él los límites del bien y el mal – nacieron en ese hogar que forjó en medio de canciones y dificultades.

Trabajaba en Barranquilla y todos los fines de semana viajaba a Cartagena, encendiendo la alegría de sus hijos, ofreciendo con sus manos recias unas frunas, con un chiflido particular que anunciaba su llegada. Era un hombre silencioso, un hombre que fumaba y oía la radio o escuchaba en sus casetes las poesías gauchas del Indio Duarte, los boleros rancheros de Javier Solís o las canciones de Rolando Laserie. Cuando ingresó como zapatero a la Policía Portuaria – que quedaba en una casona en Marbella – se quedó por siempre en Cartagena, sin dejar de comprar el Suplemento Deportivo de El Heraldo, leer a Chelo de Castro y escuchar los partidos de Junior, club que siguió después de la desaparición del aurinegro Sporting. Por las noches, en cuadernos viejos apuntaba los numeritos de los juegos que narraban Napoleón Perea Castro y Melanio Porto Ariza en el Estadio 11 de Noviembre, en la ciudad que se dividía entre las fanaticadas de Indios y Torices. Porque Samuel amó a Cartagena, donde encontró nuevos amigos de dominó y boleros y recorrió sus calles, sus esquinas, sus pretiles. Aunque se le arrugaba el alma al escuchar a Esthercita Forero: ‘Cuando el viento vagabundo de la tarde pasa murmurando y cantando en la distancia, me recuerda tantas cosas de mi vida, queridas, remolino de nostalgias’. Siempre recordó el día que vio a Cortijo y su Combo y descubrió que las agudas voces de los coros salían de aquellos enormes mulatos, las noches en las que se quemaban los carretes de la películas y todos los cuentos de los carajos de Rebolo.

Se jubiló y, siguiendo la tradición del oficio de la zapatería, entregó sus herramientas a las nuevas generaciones. Pero no era un hombre para estar quieto, por muchos años convirtió la terraza de su casa en un gratuito taller de reparación de enceres de sus vecinos y de tallado de artesanías. El pasado 29 de diciembre de 2013 falleció mi Viejo, Samuel Patiño Sarmiento, dejándonos todos los recuerdos, todas las canciones, todos los buenos y los malos momentos. Su historia va mucho más allá de estas letras, porque ese hombre serio y memorioso – que tuvimos el privilegio de amar – era uno de esos seres comunes y corrientes que en estas barriadas remiendan la pobreza, martillando el tiempo, para entregar la amistad como una ofrenda.

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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3 respuestas a Una canción para Samuel…

  1. Gina Ruz dijo:

    Una canción para Samuel, un hombre bueno que me acogió en su familia hace 20 años con canciones, lecturas, una mano solidaria y laboriosa, mucha complicidad y silencioso afecto. Renovados abrazos para el resto de la familia, siempre lo recordaré como mi segundo padre.

  2. lzaldua63 dijo:

    SIIIIIIIIIIIIIIII

  3. Un texto pletórico de nostalgias y que nos demuestra que desde prosa se puede cantar. Simbología de la memoria donde anida la familia. Don Samuel Patiño Sarmiento, un padre singular.

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