Al son que le toquen

Rodolfo Lara Mendoza

dragon4Lo primero que uno ve asomar por entre el resto de bailadores es una pierna estirada hacia el frente, que vibra como un martillo neumático de esos que se usan para reventar concreto. Después, hace su aparición el resto del cuerpo, dando brincos cortos pero rapidísimos, espasmódicos, al ritmo de la descarga que esté sonando. Otras veces es lenta cadencia, reforzada por la expresión del rostro y los movimientos de las manos, y, en uno u otro caso, siempre, una pose final que puede tener un ligero sesgo cantinflesco o que lejanamente nos recuerde un paso de Shakira o Michael Jackson.

Gustavo Hoyos, más conocido como “el Chaquiro”, es el hombre que noche tras noche da lugar a esa escena. Su forma de bailar es un continuo desmarcarse de cualquier patrón de baile. Hasta para saludar tiene su propia clave. Lo hace juntando el codo con el del interlocutor, con la mano curvada y los dedos en punta como el pico de un pájaro que, al juntarse con el pico del otro, forma un corazón.

El Chaquiro es delgado, de tez trigueña, semicalvo, con grueso bigote y lentes fondo de botella. En resumen, un hombre con una alta propensión a ser caricaturizado. Combina camisas de cuadros y colores estridentes, con pantalones a rayas que remata, muy flagrantemente, con tenis Nike color verde fosforescente. Si a esto le sumamos su forma tan particular de caminar, con la barbilla levantada como si olfateara el aire, y ese ‘tumbao’ que bien recuerda al conocido maleante de la canción de Rubén Blades, la caricatura está completa y es de admirar, pues no es fácil ser caricatura de uno mismo en este mundo inmerso en la apariencia, en la falsedad, donde ser otro, y nunca quien realmente se es, parece ser la constante y lo que más conviene.

Ignoro a qué hora llega a los sitios que hacen parte de su recorrido, pues por lo general aparece cuando estoy en ese estado de embriaguez para el cual la hora no existe. Pero siempre hace su aparición, arrancando a todos una sonrisa. Es inevitable. Quizá por eso alguna vez pensé que el Chaquiro era invención mía, producto de mi delirio: un poco de aquel hombre feliz que nunca he sido pero que me gustaría ser.

“Mi vida es una tómbola, mi vida es una fiesta. Hay gente que dice que daría un año de ellos por un día mío”, dice de pronto, mientras caminamos por la Calle del Guerrero, justo sobre el andén en el que varios clientes del Havana hacen fila para entrar. A una cuadra de ese lugar, en el extinto bar Colombia Caribe, por primera vez le hablé. Recuerdo que le ofrecí una cerveza después de su esporádica presentación, pero él se negó con cortesía, diciéndome que más bien me recibía una botella de agua. Gustavo no toma alcohol. Al parecer prefiere cosas más etéreas, paraísos igual de artificiales, de los que no hace ningún tipo de alarde.

Sobre el alcohol afirma, con toda seriedad, que es una enfermedad como la de la droga, que es la enfermedad del miedo; que a la gente le da miedo componerse y le da miedo descomponerse, y que al final se descomponen más: “Hay algunos que cuando tocan fondo flotan, pero hay otros que no, que se quedan en el fondo”, me dice, y en sus palabras descubro que tuvo en el pasado ese problema. “Yo tomé mucho… La última pea me duró seis años y cuatro meses”, dice sonriendo. “Es que el alcohol es la droga número uno; ocupa el segundo lugar en muertes después del cáncer. El cáncer le gana es por su variedad”, concluye sonriendo, “porque hay cáncer hasta de pelo”.

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Después de ese primer contacto, casi no ha habido una noche en que no me lo encuentre, bailando fugazmente en un sitio de salsa, o sentado en la puerta de su casa, en Getsemaní, a un costado de la iglesia de La Trinidad, o cruzando el Camellón de Los Mártires con un bolso de jugador de softbol, lleno de ropa.

Lo he sacado de su casa esta noche para acompañarlo en su diario recorrido. Al principio se ha negado, diciéndome que he debido llamar antes para darle tiempo a prepararse mejor, pero, luego de acomodarse el cuello de la camisa como el bacán que es, ha aceptado la invitación. La camisa es de color azul claro, casi gris, y se lleva bien con el pantalón a rayas.

Por ratos, mientras caminamos, da un rápido zapateo o hace una finta para esquivar algún objeto invisible en la calle, y es como si otro dentro de él tratara de impulsarlo a bailar y él tuviera que reconvenirlo con ternura, como cuando se le dice a un niño: “Espera, papa lindo, ya casi llegamos a la playa”. Aunque la playa en su caso sea el bar de la esquina o el primer establecimiento donde encuentre lo que él considera su alimento para el alma.

“Venga pa’ decirle lo que es la música para mí”, me había dicho media hora antes en su habitación: “La música para mí es el alimento espiritual del alma, que pone en son el corazón y en algo el movimiento”. En ese instante, ya casi a punto de salir a la calle, se había devuelto hasta su habitación para mostrarme el afiche de un documental que recientemente hicieron sobre él: “Persiguiendo al dragón. Una película de Juan Camilo Olmos Feris”. La casa, como casi toda la parte del barrio que no ha sido objeto de inversión extranjera, luce algo oscura pese a su amplitud.

La habitación, de un difuso color ocre que cansa la vista, está adornada con media docena de fotos del bailador, tomadas en distintas partes de la ciudad por el periódico El Tiempo. Un inmenso lienzo de estilo modernista, pintado en los años setenta por un amigo suyo radicado en Francia, corona la pared junto a la cama; se llama “Las caras” y es del mismo estilo que otro lienzo de similar dimensión ubicado a la entrada de la casa, y que muestra a un personaje con disfraz de Congo de los Carnavales de Barranquilla.

Ya lejos de su casa, sobre la calle de la Media Luna, caminando por debajo de los andenes saturados de gente que busca el goce, Gustavo se detiene súbitamente para torear un carro. Adopta una pose erguida que no reclama de él mucho esfuerzo, pues camina sacando pecho y con la barbilla levantada, como si olfateara algo en el aire, mientras va metiendo la vista por entre la gente, como si estuviera al acecho. Su sonrisa, que ya parece fraguada por el uso, probablemente ni siquiera abandona sus labios cuando está de mal genio.

Entra en un primer local, ubicado en esa misma calle, y de inmediato se roba la atención de los presentes: dos parejas de extranjeros sentadas en unas poltronas junto a la puerta. Saluda a los que atienden en la barra, y con un vaso de agua que le han obsequiado, y que tiene dentro una rodaja de limón, empieza a hacer su show. La canción no es un joropo ni un porro, ni siquiera es salsa, se llama “Boiler Room Ibiza”, de Carl Cox, y es música electrónica, pero él cae dentro del ritmo y explota las posibilidades que este ofrece, sin ninguna dificultad.

Cuando retomamos el recorrido, le pregunto desde cuándo está bailando. “Por ahí desde…”, hace una pausa para recordar. Ahora trae, además del vaso con agua, un vasito de tinto y un Marlboro que ha comprado en la calle. Es el tercer cigarrillo que ha encendido en la noche, pero me da la impresión de que es el mismo que encendió años atrás, cuando fumó por vez primera, quizás para la misma época en que empezó a bailar. “Desde los catorce o quince años estoy  bailando”, afirma. “Bailo joropo y de lo que tú menos piensas”, dice, tomando  alternativamente del agua, del tinto y fumando del cigarrillo, todo con total destreza y sin dejar de caminar. “He estado cinco veces en el Festival del Porro de San Pelayo. Me gusta mucho el porro. He bailado porro en la fiesta de toros de Sincelejo, en Momil, en Purísima, en Chinú, en Chimá”.

Seguimos de largo hacia el Parque del Centenario, haciendo escala en diferentes bares: Ciudad Móvil, donde posa feliz frente a unos grandes espejos; El Pájaro Loco… En Huitaca baila “Te quiero más”, de Joe Arroyo, y las luces de neón hacen que se iluminen sus tenis fosforescentes. En todos ellos saluda efusivamente al administrador, a los trabajadores, y entra sin problemas, aunque al resto de mortales nos exijan pagar algo a la entrada. Lo más loable es que en todos estos sitios se roba la atención con su show. En The Blondie, consigue que cuatro adolescentes que “departen” metidas en sus Iphones, levanten la cabeza para verlo bailar. A la salida el portero me comenta: “El viejo cómo las pone, ¿ah?”, y luego interpela directamente a Gustavo con un: “Hey, Chaquiro, dime qué es lo que tú te echas”.

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Me dice entonces que, ahí donde lo ven, conoce a las mujeres más bellas de Cartagena, que de milagro no tiene ahora tres mujeres en su casa. “Yo tengo sangre dulce”, explica con total naturalidad, “y las mujeres son conscientes. A veces se meten hasta tres, y la gente dice: mierda, se metieron, van a pelear. Y qué va, salen las tres abrazadas dándome piquitos. A veces me dicen que no, que esa ‘mujé’ es guapa, que no me meta con ella, y, qué va, si está buena yo la enamoro y la amanso”.

En las afueras de Bazurto Social Club hace unos pases de baile, y se abastece nuevamente de café y cigarrillos. Cuarta ración de la noche. Enciende uno y se queda con él en los labios, soltando el humo por la nariz. El segundo vaso de agua ya lo trae del último bar. No ingresa a Bazurto, sino que conversa con algunos músicos en la puerta: “La música hay que saberla interpretar”, les dice; “hay personas que interpretan la música mejor que otras, pero eso ya lo recogen hecho”, y mientras se aleja, sigue repitiendo y negando con la cabeza, como si no hablara solo: “Ya eso está hecho, ya eso está hecho”.

Camino a La Caponera, va haciendo pases esporádicos o tarareando cualquier canción que suene a la distancia: ´”Voy a reír, voy a bailar, vivir mi vida, lalalalalá”. Ya casi en Donde Fidel, le pregunto si sus pasos tienen nombre: “No, al único que le he puesto nombre es al Blackberry”, responde, “que es uno que hago temblando. Yo bailo es según la música. Hay que bailar es con el ritmo, tú puedes hacer mucha morisqueta, pero si no vas con la música y no tienes buen oído, no sabes bailar. Tú puedes hacer como un caleño… ¿Cómo un caleño me va a ganar a mí, pa’ ve? El caleño se pone a dar vueltas, y mientras da vueltas, la música va por un lado y él por otro”.

Hace su ingreso de rigor en el popular sitio de salsa cartagenero, baila fugazmente una pieza de salsa africana y sale de nuevo, esta vez con rumbo a la plaza Fernández de Madrid: Bar del Portal, La Esquina Sandiegana… Termina su periplo en el restaurante Juan del Mar, en San Diego, donde conversa e incluso baila un rato con el conocido empresario. En ese lugar se toma un Canada Dry y a la salida diserta largamente acerca de la riqueza y la pobreza, concluyendo que él, Gustavo, es rico, no porque tenga plata, sino porque no necesita pedirle nada a nadie, pues en todos lados lo reciben con cariño y le ofrecen las cosas sin siquiera pedirlas.

Caballerosidad y gracia son dos virtudes que definen a este bailador que, noche tras noche, hace su recorrido por los bares de la ciudad amurallada. Un circuito equivalente e igual de exigente al que muchos deportistas realizan cada día, y que de algún modo explica su resistencia física y su vigor. Sin embargo, viéndolo caminar delante de mí, ahora que regresa, parece algo cansado. No creo que aquel primer cigarrillo que encendió años atrás, siendo todavía un niño, se le esté acabando, pero lo noto cansado. Bueno, a todos nos pasa alguna vez, pero uno quisiera que durara para siempre ese primer cigarro.

A unos metros de su casa lo alcanza una mujer. Piel morena. Complexión delgada pero con una fuerte carga sensual. Se saludan rápidamente con un beso en la boca, y por un momento tengo la impresión de que los pasos de Gustavo vuelven a animarse. Me presenta a la mujer. Su nombre es Jessica. Después que se despiden de mí, los sigo un rato más con la mirada, hasta donde permite la puerta que cierran a sus espaldas. Lo que sigue, pienso, es también baile. No sé si salsa o porro. De eso solo pueden dar constancia ellos mismos, el cuadro a un lado de su cama y las fotos de El Tiempo, donde, irónicamente, el bailador aparece por siempre inmovilizado.

Fotos: Rafael Bossio

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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