Festival de Música del Caribe: Africanía para las clases medias

n710040516_2482030_3605Frank Patiño y Jairo del Río

La tradición de la música africana en Cartagena, se remonta al decenio de los años setenta. Poderosas máquinas de sonido se instalaban en los playones del Suroriente cartagenero y en la parte posterior de las faldas del Cerro de la Popa. La champeta, nombre con el que se llamaba a la música africana y afrocaribeña, había desplazado la salsa del gusto musical popular de la ciudad y emergía con una fuerza incontenible y vital que se extendía por toda la ciudad a pesar de la negación histórica a la que ha sido sometida la cultura popular en una ciudad donde la élite siempre ha tenido una tendencia hispanizante.

Eduardo Lemaitre escribía alguna vez:

“Como primera medida, es totalmente falso, que Cartagena sea una ciudad caribe o ‘caribeña’… la vieja Cartagena… es una ciudad hispánica… Otra cosa es la cultura caribe de nuestra época y en tal sentido ya puede decirse que hay una música caribe, una arquitectura caribe y una literatura caribe o ‘caribeña’, pero la vieja Cartagena no tiene, ni tener podía, nada que ver con esto”[1].

Este texto resume lo que las élites pensaron siempre de la ciudad: que quienes no pertenecían a ella no eran cartageneros ‘raizales’ y que, en cierta forma, pervertían su autenticidad.

Pero en 1982 se organiza en la ciudad el Primer Festival de Música del Caribe. Es obvio que esta no fue una idea arbitraria ni casual. Existía un substrato popular que ya tenía la música africana como suya, un gusto que se generalizaba con el crecimiento de la ciudad y con la asimilación de quienes llegaban a la cultura champeta.

El Festival fue un canalizador de la música africana (que ya era de consumo cotidiano en las clases obreras y populares) hacia las clases medias de la ciudad, de la identidad caribeña cartagenera hacia el país y, sobre todo, de la vigorosa cultura popular hacia los medios de comunicación que en buena medida la habían negado y estigmatizado.

La cultura champetúa

El cuchillo casero, afilado con maternal sabiduría, oscuro y resistente, guardián del mesón de la cocina, es llamado en los barrios populares de Cartagena champeta. Signo de certeza en el corte, de defensa y de fuerza, la palabra champeta fue utilizada por sectores medios y altos de la ciudad en forma despectiva para designar la cultura de los habitantes de las zonas marginales que escuchaban música proveniente de Africa y del Caribe. Con el tiempo, los mismos habitantes de estos sectores asumirían la palabra champeta para nombrar con orgullo toda una cultura -un modo de ser, de hablar, cantar, pelear y bailar- que concentra en sus diversas vivencias toda una tradición de violencia ejercida por una ciudad y un país racistas.

Pero a pesar de esa marginación y negación culturales, los champetúos han construido una cultura cuyo vigor soporta los intentos de suprimirla por medio de una constante disposición al diálogo intercultural, una convicción de su carácter mestizo y una resistencia a transitar por los canales del control social de las élites.

La cultura champetúa tiene un substrato esencial africano pero su historia –que es la historia de su resistencia- muestra una extraordinaria capacidad de asimilar otros elementos culturales y afirmar su naturaleza mestiza.

El investigador cultural Jorge García Usta escribiendo acerca de las pandillas surorientales nos muestra al champetúo en su dimensión violenta pero respondiendo no sólo a la agresión exterior sino a su diversidad cultural:

“La década del ochenta fue el período de mayor auge de las pandillas en Cartagena, animadas por el crecimiento de las zonas de pobreza, la aparición de fenómenos culturales como los bailes africanos de gran creatividad individual y la amplia apertura de zonas de la cultura local a las influencias provenientes de la televisión: ilusiones de consumo, ilusiones de modernidad”[2].

Y fueron los ochenta los años decisivos para la gestación de la terapia criolla la generalización de la violencia en el país, los primeros desplazamientos masivos del campo a la ciudad, al tiempo de la masificación de la televisión en los barrios populares. Todo lo anterior da origen al surgimiento de pandillas y a la formación del carácter de lo champetúo. El mismo García Usta afirma:

“Casi medio centenar de pandillas aparecieron en la ciudad… cada una con su código, en la que la mezcla de las raíces africanas –el color de la piel de sus integrantes, sus formas de caminar, su habla gruesa y lenta- con los ornamentos de una modernidad desquiciada y mestiza crearon un aspecto temible de los pandilleros, una fuerza guerrera: vestidos extravagantes, cadenas gruesas, banderas, aretes, a veces tatuajes. Y decisión: una de las frases de El Sorullo era: ‘Aquí estamos, parados en la raya”[3].

Como veníamos diciendo, la negación de lo africano en la ciudad corresponde a una tradición que se remonta a la Colonia. En esta cita del obispo Joseph Díaz al Rey, informándole del desorden que reinaba en la ciudad, se hace una descripción del bunde y del baile de los africanos que podría recrear la escena actual de un baile de champeta:

“Igual remedio se necesita con los más estrechos encargos a las justicias reales para que celen y eviten en las vísperas de las fiestas, los bailes, que vulgarmente llaman bundes, a lo menos desde las nueve de la noche en adelante para que se consiga que las gentes que asisten a ellos, no dejen de oír misa al día siguiente… Los que concurren son indios, mestizos, mulatos, negros y zambos y otras gentes de la inferior clase. Todos se congregan en montón, sin orden ni separación de sexos, mezclados los hombres con las mujeres. Unos tocan, otros bailan, y todos cantan versos lascivos, haciendo indecentes movimientos con sus cuerpos… Ya se dejan considerar las proporciones que traen para el pecado la oscuridad de la noche, la continuación de las bebidas, lo licencioso del paraje, la mixturación de los sexos”[4].

En Cartagena, el imaginario de lo caribeño viene de la mano de la cultura africana como integradora de la diversidad de esa zona geocultural que es el Caribe, desde las primeras sonoridades antillanas hasta la hoy llamada terapia criolla.

Orígenes

En los inicios del decenio, existía en la ciudad un Sindicato de Músicos del Caribe, que en 1981 se queda sin sede por el cierre de Utrabol, lugar donde el sindicato se reunía. El Sindicato agrupaba a músicos populares que se defendían de la creciente comercialización de la música y de la llegada de las FM a la ciudad, que amenazaban con transformar el gusto musical de los cartageneros.

A propósito de esto, una polémica se generó a través de la prensa acerca de la función de las FM, había un sector que decía que estas debían ser para cierta música que excluía a la música popular y otro que defendía este espacio como un espacio abierto a cualquier ritmo.

En la columna ‘Movimiento sonoro’ de la emisora Victoria Internacional Stereo, Jesus Eduardo Díaz escribía:

‘Ahora bien nuestro ideal es defender un medio artístico (cultural) que siempre ha sido pisoteado por ineptos, subdesarrollados, ‘corronchos’ y ‘serios’ para los cuales sólo el folclor y el ron son aceptados”[5]

Luis Eduardo Coneo Miranda es citado en la columna de Milton Pérez de la rosa el 21 de enero del 82 en el mismo diario, en la nota se pregunta:

“¿De quién surgiría la idea tan absurda de pretender pasar solamente música estilizada por emisoras FM stereo? ¿hay acaso un dispositivo electrónico especial en tales emisoras para que rechacen ritmos alegres?”

Es notable también que en el balance que se hace en Febrero 13 del 81 sobre la cultura en la ciudad no aparece ningún evento o intérprete musical y las pocas alusiones que se hacen ese año es a la Fundación Pro-Arte musical, que hacía conciertos de música clásica en el cinema Bocagrande.

Cuando se hacían alusiones a la recepción de la música en los estratos populares casi siempre era en forma negativa, como en la nota de marzo 26 del 82, cuyo título era ‘Sonido, ruido, estridencia’:

“Cómo estarán de enfermos los oídos de las personas cuya costumbre es participar en fiestas con máquinas musicales de 500 o más watios de salida ¡Es un espectáculo espeluznante!”

Pero hay que reconocer que Milton Pérez de la Rosa siempre brindó un espacio y un reconocimiento a la cultura popular cartagenera. Miremos una nota de su columna semanal:

“comprender el ambiente de la gente de los tugurios como el de aquellas personas que viven en los estratos más elevados, es una experiencia digna de conocer, porque es impactante, subyugante, sentarse a conversar con estos personajes que ‘mueven’ la música por los barrios a través de sus potentes máquinas o escaparates rítmicos”

En enero 28 de 1982 aparece la primera noticia del festival:

“Un gran motivo de turismo internacional constituirá la celebración aquí, durante el mes de marzo del primer Festival de Música del Caribe. El señor Jaime Vélez Piñeres, organizador del mismo, en compañía del director ejecutivo Paco de Onís han asegurado la llegada a Cartagena del ballet folclórico nacional de República Dominicana… el propósito primordial de este encuentro caribeño es el de establecer lazos de hermandad, intercambio cultural y la fundación en Cartagena de una escuela de música sobre ritmos autóctonos”.

Se anunciaron 10 países y las sedes en la Plaza de Toros Cartagena de Indias, el Circo Teatro y el Fuerte de Pastelillo. El cubrimiento no era muy amplio pero en febrero 14, por ejemplo, encontramos dos titulares de noticias: ‘Imborrable será el Festival de Música del Caribe’ y ‘Un espectáculo sin precedentes’.

En marzo 7 de el año inicial del festival hay una reflexión del columnista Jaime Sanín Echeverri llamada ‘Nosotros, centroamericanos y del Caribe’ en la que escribe: “Hay gente ofendida porque Colombia también es Caribe”

Las entradas del Festival costaron ese año desde $ 55 a 110. Fue presentado Freddy McGregor, la inauguración fue transmitida en diferido por la televisión nacional por Producciones JES.

En marzo 18 el Festival ocupa por primera vez la primera página: ‘Con todo empieza el Festival del caribe’, la nota dice:

“La música que ha traspasado las barreras del lenguaje y del tiempo, siendo del sector del Caribe una gran nación de gente alegre y descomplicada”

El Festival es un éxito y en marzo 19 en una entrevista a un miembro de una delegación centroamericana, Rolando Arrubla, este manifiesta:

“Nosotros creíamos que este Festival de Música ya tenía varios años de… porque la fuerza que tienen en centroamerica es enorme”

Se hace un evento académico: ‘Elementos Folcloricos y Populares a considerar en la formación de la música afrocaribeña’ guiado por estudiantes de la Universidad de Antioquia. Desde el primer Festival se hacen conciertos gratuitos, el de ese año fue en la Plaza de la Aduana.

En marzo 21 un balance del evento, ‘Festival del Caribe vino para quedarse’ se dice:

“Con gran éxito se llevo a cabo el primer Festival de Música del caribe, pero el público cartagenero no respondió con el entusiasmo que se esperaba, pero si en cambio los habitantes del interior llenaron gran parte de los escenarios…”

Esta nota es interesante porque nos muestra cómo el Festival desde sus inicios tuvo ciertas barreras hacia la clase popular. Los escenarios eran cerrados y no había participación de quienes ya conocían esa música. El no entendimiento del público de los ritmos era una queja recurrente.

En 1983, en febrero 11, un balance de las fiestas de Cartagena menciona la Feria Taurina, la Candelaria, el Pescador, el Festival de Cine, el Festival de San Pedro Claver, el Festival Agropecuario, Expocaribe, el Reinado, pero no hay la más mínima alusión al Festival de Música del Caribe.

En febrero 13 se anuncia el Festival del 3 al 6 de marzo con 13 países y la presencia de Alejo Duran. El 21 del mismo mes aparece una nota: ‘El Festival de Música del Caribe por dentro’ donde se informa que hacer el Festival cuesta $15 millones, y que este tiene un déficit de 2 millones “por falta de control en la parte de entrada”

En marzo 3 se anuncian los eventos paralelos: exposición artesanal en el Centro de Convenciones y la creación de un Instituto Internacional de estudios de la Música del Caribe. Esta idea se vio frustrada por la marginalidad de estos eventos que siempre fueron vistos como complementarios, ya para el segundo Festival se cancela el evento académico porque este no les brindaba las garantías logísticas para su realización.

El tercer Festival, el del 84, mostraba un evento musical vigoroso que iba ampliando su área de influencia, el 1 de marzo, aparece la noticia:

“La proyección que cada día va adquiriendo el Festival de Música del Caribe y Cartagena, es algo indescriptible”, manifestó Paco de Onis, director del importante evento de integración cultural que se celebrará el 18 del presente mes”.

Otra nota del mismo día dice:

“Este año el Festival de Música del Caribe ha conseguido mayor apoyo de entidades como en el caso del hotel Caribe, el hotel mas tradicional de Cartagena, será el sitio donde se reunirán todas las agrupaciones, donde funcionará la oficina de recepción y además de donde saldrá ‘la gran parada que este año se convierte junto con el Foro en la innovación del certamen’. Se prevé que la gran parada sea indiscutiblemente ‘la toma del Caribe a Cartagena”

24 grupos musicales en representación de 11 países, la oficialización del Foro y la proyección del evento a la comunidad auguraban un período de auge que no escondía tampoco una crisis organizativa que es estaba gestando al mismo tiempo. Los organizadores de entonces no renunciaban a la idea de la creación del Instituto:

“…manifestaron conjuntamente que no descansarán hasta no ver cumplidos totalmente su principal objetivo: que lleguen a Cartagena juntos todos los países del área y fundar en la ciudad un centro cultural de música del caribe”.

La Gran Parada, que arrancó desde el hotel Caribe y brindó en las Bóvedas un concierto ambulante, fue multitudinaria.

Pero las críticas al festival se iniciaban por el desorden que reinaba en su organización. En marzo 15 el periodista Jorge García Usta uno de los críticos y defensores del evento escribía:

“El evento congregará además a periodistas, políticos con ínfulas de salsomanos, funcionarios públicos de la cultura y a esa nueva especie académica que se llama tratadistas de la salsa. El asunto promete, exceptuando, para algunos, el monto elevado de los precios de entrada que se achaca a la calidad del evento, cuyo monto aproximado asciende a los 18 millones de pesos… Sin embargo, como en las dos primeras versiones del festival, se espera que los cartageneros y todas las delegaciones regionales, planten su huella en la plaza de la Serrezuela y aviven el ritmo cuando a las ocho de la noche, según el programa oficial, Michi Sarmiento de inicio a este carnaval musical del caribe”.

En marzo 16 el mismo periodista escribe:

“La velada recompensó para algunos el puntillazo y ahorrativo cóctel de inauguración, en el que se anunciaron los ritmos que se gozarán en este festival. El acto social del miércoles se caracterizó por su altiplánica pulcritud y una atención mínima… El hotel Caribe es el centro de ebullición del evento, en el cual se congregan músicos Antillanos, con el harto conocido peinado rastafari, periodistas, conferencistas, funcionarios culturales de varios países del Caribe, tamborileros, folcloristas, y una omnipresente corte de quinceañeras, de cuya función nadie ha podido dar una explicación a este periodista”.

En marzo 27, García Usta escribiría de nuevo acerca del Festival una nota llamada ‘Pelando el cobre’:

“Desde que nos dimos cuenta que en la oficina de prensa no había información sobre los grupos, ni la música, ni el país participante, y ni siquiera la programación definitiva por día, y notamos que el cóctel de inauguración en un jardín del hotel Caribe no produjo la integración inicial entre los participantes ni entre estos y el publico, comenzamos a pensar algunos que el Festival de este año tendría menos de Festival, más de preocupante desorden, y mucho de simple rumba turística… En una avalancha incorregida de pequeñas incoherencias, los foros se citaron a las horas de las ruedas de prensa…”

El Festival crecía y la organización no parecía crecer con él. Llamó la atención una anécdota en la que Totó la Momposina no podía entrar a su propia presentación porque nadie la conocía:

“A Totó la momposina, no solo se le quiso cobrar por el sonido para la jornada de ensayo, sino que la esposa de uno de los organizadores- que no la conocía ni tiene, probablemente por qué conocer a una de las mas grandes interpretes del folclor sin trampas- no la dejó entrar al circo…”

Otra queja era el creciente privilegio del reggae sobre los demás ritmos, el atropello a los grupos locales y en especial al porro y al vallenato.

Auge: 1985 a 1988

El período que hemos llamado de auge, se refiere sobre todo a un auge comercial y a la consolidación del Festival entre las clases medias de la ciudad, que en marzo olvidaban su viejo desprecio a la música afrocaribeña. Fue fundamental para ello el traslado del evento a la Plaza de Toros Cartagena de Indias. Además en las FM se masificó la difusión de temas como ‘La Mencha’, ‘Noel’ o ‘El merengue ye’, que circulaban como exclusivos de algunos picós hacía algún tiempo.

Trece países se presentan en 1985 y dos grandes novedades: el Centro de Cultura Caribe de New York y un grupo africano por primera vez. El Festival batiría los récords de asistencia de los años anteriores: con una organización que incluiría vigilancia policiva y servicio de bus para los barrios a cargo de un comité de transporte. El crecimiento del evento era imparable pero la organización no fue la mejor y sus secuelas se vieron al año siguiente, cuando se hizo un homenaje al maestro Juan Lara. Pero los inconvenientes se presentaron bien temprano. No se llegaba a un acuerdo con las aerolíneas y la Alcaldía amenazó con suspender el evento después de inaugurado. Miremos dos notas una de marzo 19 y otra del 21:

“A pesar del desbarajuste financiero y organizativo de su cuarta versión y de la “guerra física” de las negociaciones con Avianca, el Festival de Música del Caribe… ha sobrevivido… La supervivencia de Festival parece también un acto de magia. Sobrevivió a una pésima organización… A un montón de concejales cartageneros que a cambio de exonerarlo de impuestos, se llenaban los bolsillos de entradas”.

“A pesar de su exitosa inauguración… el V Festival de Música del Caribe enfrenta hoy nuevamente la incertidumbre de su realización al conocerse ayer la decisión tomada por el Gobierno Municipal que suspendería el evento, al considerar que sus organizadores no han cumplido los requisitos necesarios para esta clase de espectáculos, entre los que se cuenta el pago de impuestos”.

En marzo 8 de 1987, el periodista Gustavo Tatis haría un balance del festival en el que destacamos los siguientes apartes:

“El Festival Internacional de Música del Caribe -mas allá de cualquier espectáculo y ruidosa rumba- es un evento que pretende equilibrar el goce corporal del baile con la conciencia y profundización del fenómeno sociocultural del caribe que no tiene nada que ver con la rimbombancia seudointelectual. El III festival instauró como evento paralelo y complementario los denominados Foros de la Cultura del Caribe que buscan ahondar en el fenómeno musical y cultural del Caribe, mas allá de la simple hipótesis o de la deducción sensorial. La antropóloga Gloria Triana se pregunta cómo un festival de música del caribe como el que se hace en Cartagena no tiene en cuenta a valores culturales y musicales de la región como el grupo sexteto tabalá de Palenque… Antonio Escobar, miembro de la junta directiva del evento afirmó públicamente en una reunión inaugural para anunciar el sexto festival, que el certamen no tenía carácter folclórico…”

La comercialización era ya un hecho, los eventos académicos eran muy importantes pero seguían siendo periféricos y la idea del Instituto Musical del Caribe ya nadie la mencionaba.

Al año siguiente la, 1988, la novedad fue la convocatoria al concurso de cuento Caribe Olafo el Amargado.

Los temas del Foro del caribe ese años fueron: Influencia de Escalona en el concepto general del Vallenato, elementos africanos en la música popular, relaciones de la música del caribe y el folclor latinoamericano, geopolítica de Colombia frente al Caribe

Otro esfuerzo importante fue la revista de ese año que decía en su editorial:

“El Caribe no puede seguir aislado, sólo oficiando la hermandad Caribe podemos lograr honor y respeto frente a las demás naciones del mundo… el Caribe Colombiano por extrañas circunstancias que deberán ser estudiadas por investigadores especializados se había vuelto indiferente, aún ajeno a las raíces comunes de los pueblos de área…”

Decir en esos tiempos que Cartagena era Caribe ya era algo normal, el país nos identificaba como una ciudad más negra donde además de realizar un Reinado de Belleza, se rendía culto por la africanía. Escuchar en la radio local AM o FM reconocimientos a lo que se llamó Mamá Africa era un acontecimiento cotidiano. La cultura picotera incluso invadió a las FM, lejos estaba la polémica de si estas emisoras eran para música ‘culta’ o no. No había una de ellas que ya no tuviera al menos un programa especial para el mes de marzo.

La decadencia desde 1989

A partir de 1989 la desorganización y el desorden se vuelven inocultables. En la prensa local se nota una reducción del espacio, los grupos que son anunciados no son traídos.
Pero por fuera del Festival, la cultura popular hacía su fiesta, había conquistado los medios masivos, alrededor de la Plaza de Toros se vivía un verdadero carnaval mientras adentro el público se decepcionaba de la menor calidad y cantidad de agrupaciones.

Otra noticia positiva era la aparición de los primeros grupos locales de terapia, el pionero Anne Swing, con su voz líder, Viviano Torres, en una noticia se decía:

“… el grupo ha encabezado una increíble renovación de la música afrocaribe en la región… el grupo ha logrado un fenómeno que hasta hace unas décadas parecía imposible: la popularización absoluta de ritmos de clara estirpe africana el baile llamado terapia lo impuso Anne Swing –sostiene Viviano- pero tenemos que ser francos la terapia es lo mismo que el baile llamado champeta o verbenero, pero que ahora con otro nombre puede ser bailado por la clase media y hasta por la alta”.

En marzo 16 de 1990 se hace un balance en la columna Noticaribe de la prensa local:

“Este año a diferencia de los anteriores el festival Internacional de Música del Caribe no ha tenido una revista en donde se compendie y se resalte la participación de los siete países invitados… nadie puede negarlo, el Festival ha dejado una huella en la década que acabo de pasar… en Cartagena por ejemplo la música africana se escucha en todas partes: desde Olaya hasta Bocagrande y las nuevas generaciones se han ido sensibilizando y concientizando del valor de la música auténtica de las diversas y ricas manifestaciones culturales en el continente”

Y al día siguiente una noticia titulada ‘Gargantas secas y sabor amargo’ presenta quejas por el desorden de la rueda prensa, otra ‘Improvisación lo que más suena’ dice:

“la primera noche del Festival …no contó con la asistencia esperada… aunque los acudientes a la Plaza de Toros, se podía notar en el pueblo cartagenero la espera impaciente por vivir una fiesta que a pesar de los esfuerzos de sus organizadores resultó algo floja”

En marzo 19, ‘Apertura y grandeza del Festival de Música del Caribe’ se vuelve a insistir en el hecho de que el papel del Festival fue el de masificar en las clases medias y altas el respeto por la música popular afrocaribeña:

“Pienso que hay más ventajas, más virtudes que defectos… los errores navegados simplemente hay que superarlos, conjurarlos el Festival ha servido entre otras múltiples ventajas para que la ciudadanía de Cartagena y el país tenga una noción sensibilizante y de conciencia de los géneros, grupos, tendencias y canciones de la música afrocaribe… Por primera vez y desde 1982 el Festival aúna las fronteras sociales y posibilita que la música africana que desde siempre se ha escuchado y bailado en Olaya Herrera, para citar un ejemplo, se escuche y se baile con respeto y estimación en otros sectores de Cartagena como Bocagrande, El Laguito y los clubes sociales”

En febrero 18 de 1992 encontramos una entrevista a Antonio Escobar, cabeza visible de la organización, llamada ‘Festicaribe: producto de la luna y la nostalgia’ en la que se habla de la comercialización del festival:

“Este festival tiene sus pros y sus contras, uno de ellos es la falta de colaboración de organismos estatales que no vale la pena traer a mención… El festival ha tenido apoyo de la empresa privada y de la botelería que se recauda en cada espectáculo, eso es cierto… Muchos piensan que el evento le llena el bolsillo a su organizadores y no le deja nada a la ciudad, por el contrario, este espectáculo paga impuestos como cualquier otro”.

A partir de ese año el espacio en la prensa se reduce casi al de los inicios del Festival, las notas hablan de su posible cierre, de su crisis. A nivel nacional en 1991 apareció un análisis de Angel Perea Escobar, ‘Baile sobre el filo de la navaja’[6], que resume el por qué de la crisis del Festival en el no logro de sus objetivos iniciales que eran crear un espacio de integración y reflexión sobre el Caribe:

“Este propósito nunca podrá cumplirse mientras persistan: la sordera de las personas que llevan la responsabilidad de la realización del festival, ante las sugerencias de diverso orden a lo largo de esta gran aventura. Y la absoluta y cristalina revelación ante los ojos de la población de Cartagena y por extensión de Colombia, quienes prestan su nombre y ponen su buena fe y esperanzas en el buen término ante este proyecto, de los manejos financieros y los aspectos que tienen que ver con el uso, dirección y proyección de los dineros que hacen posible el evento”.

Además notaba Escobar la excesiva comercialización y la separación del Festival con el mismo pueblo cartagenero. La propuesta de Escobar era que el discutido concierto de Las Tenazas se convirtiera en el eje del Festival, la cita es extensa pero valiosa:

“Un pesar la improvisada realización del concierto popular en el espigón de la Tenaza; opinaba en anterior oportunidad que este último acto en el que el pueblo básico se vuelca por miles para vivar a sus artistas, no debía verse como un desdeñanta ‘oficio de caridad’ , sino como un homenaje a la arcilla de donde se cuece la música que tanto amamos, fue por ello tan emocionante cuando artistas como Beckett rogaban a un tipo que parecía jefe del escenario, le permitiera tocar un número más, o cuando Arrow hizo rugir a la multitud con su acrobática movilidad y se lanzó de frente contra la maya de seguridad para saludar en medio de la fanfarria de trompeta saxo y trombón, o cuando Freddy Mc Gregor se dirigió a la masa y grito puño en alto ‘‘este es el momento más esperado para mí, mi amada Cartagena, encontrarme con ustedes, los hijos de Dios, el alma sufriente’ y soltó aquel inolvidable ‘One love’ de marley… Por aquel gesto y ese espigón repleto de alborozado sentimiento, saludo al Festival de Música y de deseo la cura de sus males, así como en solo algunas noches y una tarde aminora los nuestros”.

Ensayando una conclusión

El Festival de Música del Caribe fue el vehículo de comercialización de la música afrocaribeña en las capas medias de la ciudad. Y así como la prensa fue fundamental para esto, también lo fue para generar un sentido negativo de lo champetúo como una degradación de lo popular, por ejemplo en un reciente texto del periodista Rubén Darío Alvarez hace una diferenciación del salsero de los setenta y del champetúo actual:

“Como resultado de la propagación de las drogas… se instauró en los mano a mano domingueros de los grandes pick ups, la exaltación del culto a la agresividad que siempre han manifestado los habitantes de las zonas subnormales de esta ciudad”[7].

Respecto al festival, Alvarez ve en este evento no un canalizador del auge de la champeta sino como una especie de mecanismo de ascenso social de esta música:

“Vale decir que lo que facilitó el nuevo auge de la música africana en los años ochentas fue la llegada del Festival de Música del Caribe… El Festival, con sus foros, conferencistas y expositores, sirvió para darle realce y categoría a una música, que si bien estaba evidentemente bien elaborada, siempre tuvo el desprestigio de la violencia y las drogas que se manejaban en zonas marginales de la Costa Atlántica… Tanto realzó que la gente dejó de llamarle champeta para llamarle Terapia.”.

Pero la música africana fue la preferida del gusto popular antes del Festival, este pasó y lo sigue siendo. El Festival fue un mecanismo de acceso de las clases medias y de algún sector de las élites a sus raíces afrocaribeñas, pero para los sectores populares la champeta nunca dejó de ser la música de su predilección y del Festival siempre obtuvo migajas consistentes en un concierto gratuito y mal organizado en Las Tenazas. ‘Terapia’ fue el eufemismo que se creó para aceptar una música que hacía más de un decenio pertenecía a la cotidianidad de los sectores marginales de la ciudad.

Notas
[1] Lemaitre, Eduardo. “La ciudad barrilete”. El Universal, Dominical. Cartagena, noviembre 21 de 1999, número 715. Pág. 5
[2] García Usta, Jorge. “Pandillas y muerte en el Suroriente(II): Hambre, breackdance, pistolas”. El Periódico de Cartagena. Diciembre 5 de 1995. Pag. 4B
[3] Ibid.
[4] Múnera, Alfonso. “El fracaso de la nación: Región, clase y raza en el Caribe colombiano(1717-1810)” Banco de la República-Ancora Editores. Bogotá, 1998. Pag. 54
[5] El Universal, enero 31 de 1981.
[6] El análisis apareció en el Magazín Dominical de ‘El Espectador’ el 19 de marzo de 1991.
[7] Alvarez, Rubén Darío. “Sonidos de africa en Cartagena: una historia para contar y bailar”. Dominical el Universal, #661. Pag. 7

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Acerca de Frank Patiño

Escritor y periodista.
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Una respuesta a Festival de Música del Caribe: Africanía para las clases medias

  1. Marta Silva Pertuz dijo:

    Excelente texto Frank Patiño y Jairo del Río. Gracias. La suscrita asistió a todos los festivales de Música del Caribe. Propongo que: Festival de Salsa Cartagena en Clave, pueda realizar un homenaje (Coloquio, ciclo de conferencias, mesas redondas, conversatorio-s, foro-s, estructurar un video que ilustre dicho objetivo) a nuestro comûn y dilecto amigo Jorge Garcîa Usta y su diâlogo-afecto por la música del Caribe (Hêctor Lavoe, Odilio Gonzâlez, Germán Rosario, Andy Montanez, Dúo Los Compadres, Dúo Los Ahijados, Orquestas Aragôn, Manzanillo, Sonora Matancera, Septeto Nacional de Cuba Ignacio Pineiros, Beny Morê, Ismael Rivera y Rafael Cortijo, Alejo Durân, Los Gaiteros de San Jacinto, Pablito Flôrez, Estefanîa Caicedo, Totô La Momposina, Martina Camargo, entre muchos otros-as). Si lo consideran la suscrita ofrece su humilde aporte en tal sentido. (Escribo contacto, email: mespcontactos@gmail.com). Un abrazo, con deseos por mâs realizaciones positivas y êxitos…Ecuajeyyyyyy, apaaa, oooaaa !!

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