La música del barrio

El Caribe es algo más que una creación de los estudios poscoloniales, que intentan convertirlo en un concepto vacuo en el que puede ser todo pero puede ser también nada, cualquier cosa. Los cañones de los imperios siempre han sabido hacia dónde apuntar. El Caribe es una geografía – con fronteras sinuosas pero evidentes – que ha sido colonizada y humillada pero que ha librado una paciente batalla por su libertad. Sus pueblos se han levantado a través de la historia: desde Haití, primer pueblo de América en romper sus cadenas, hasta las insurrecciones en Cuba y Venezuela, pasando por la independencia de Cartagena, que después quedaría presa en eso que llaman Colombia.

Fue el Caribe escenario de la lucha colonial entre las potencias europeas y después lo sería de las potencias imperiales: lo saben Cuba y Puerto Rico, Grenada y Panamá, lo sabe nuestro Haití maestro. Por eso las sonoridades que llamamos salsa no son más que los cantos de la diáspora de un pueblo que lleva siglos resistiendo y de la cual el barrio es su principal construcción cultural.

Y más allá de las discusiones entres salseros y soneros: ‘esto es salsa’ o ‘no le digas salsa a mi son’; más allá de la primacía de la descarga (vocal o instrumental) o de la potencia de la composición orquestal y de las letras de Tite Curet o Rubén Blades; debemos reconocer que existió por más de medio siglo una hegemonía cultural cubana sobre el Gran Caribe pero que – al mismo tiempo – esa hegemonía permitió un diálogo entre las sonoridades diversas desde las islas hasta las márgenes continentales.

La música antillana tiene su raíz evidente en el desarraigo africano cuando descendió en cadenas de las entrañas de los veleros. Y de allí a la plantación, a la mina, a la servidumbre, a la resistencia y al tambor. Con los procesos de independencia esos pueblos, a pesar de hablar lenguas distintas, mantuvieron su identidad y recibieron otros desarraigos – árabes, andaluces, vascos, gallegos, italianos – que sumaron a ‘la magia del tres por dos’.

Y para ese Caribe la música ha sido la ley fundamental. En sus barrios se habla cantando y se camina bailando y todos tenemos en las manos, en las mismas manos, el misterio de la melodía y las claves del ritmo. Y esa sonoridad no es tristeza o alegría es sólo la tremenda tragedia de sus esquinas cuando asoleados sentimos que todo se va pero que nos queda el instante vital de la existencia: los rostros de las viejas, la vecindad que es al tiempo parentela, el aguaje del mulato y todas las estrategias para que el doble seis no se muera en nuestras manos. En esas barriadas obreras las canciones se hicieron himnos de resistencia libertaria y elogio de la tradición: principales armas contra las sucesivas tiranías que azotan nuestra patria real: el Gran Caribe.

Por eso es eterna la salsa, camará, de allí sus gestos duros pero solidarios, de allí su posición frente a un mundo que no entiende que todos estos ojos que miran lejos cargan el peso de las cadenas y la rabia necesaria para bailar, cantar, reír y conspirar.

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